Custodiar fielmente “el sueño de los cien años” de los adolescentes
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Custodiar fielmente “el sueño de los cien años” de los adolescentes
No parece fácil, en este tiempo, ser papá o mamá, educadora o educador, agente de pastoral.... de chicas o chicos que andan entre los catorce y los dieciocho años. La etapa de la adolescencia tiene algo misterioso que la convierte en foco de atención. Los adolescentes experimentan de parte del mundo adulto los tratos más contradictorios: rechazo, abandono, utilización, invasión....
Algunos cuentos tienen esa maravillosa capacidad de iluminar verdades profundas del alma, y nos permiten además verlas con cierta gracia y menos dramatismo. Un viejo y conocido cuento, “La Bella Durmiente del bosque”, nos puede ayudar a comprender el misterio, el milagro y el drama de la adolescencia. ¿Lo recordamos? Seguramente este cuento nos llenó de encanto en la niñez, y lo hemos transmitido a nuestros niños con el mismo encanto..
El cuento de la Bella Durmiente comienza afirmando el incalculable regalo de la vida:
Hace mucho tiempo, vivían un rey y una reina que decían todos los días: "¡Si tuviéramos un hijo!". Pero durante muchos años no lo tuvieron. Una vez, mientras la reina se estaba bañando, una rana salió del agua y le dijo: -Tu deseo será cumplido... La reina tuvo una hija tan hermosa que el rey, desbordante de alegría, preparó un gran festín.
Sin embargo, la vida real, aún en los cuentos, no es permanentemente “color de rosa”.... La vida nos llena de regalos, pero también nos ofrece sus dolores:
El festín se celebró con todo esplendor, y cuando llegó el fin, las hadas le dieron a la niña un presente mágico. Una le dio la virtud, otra la belleza, la tercera la riqueza y así hasta que tuvo todo lo que se puede desear en el mundo. Cuando once de las hadas le habían hecho ya su regalo, se presentó la número trece. Quería vengarse por no haber sido invitada. Entonces dijo:
-La princesa se pinchará con una rueca al cumplir los quince años y caerá muerta. Todos se quedaron aterrados, pero el hada número doce, que no había expresado aún su deseo, se adelantó.
No podía deshacer la maldición, pero sí suavizarla, de modo que dijo:
-No será muerte, sino un sueño profundo que durará cien años.
Para muchas y muchos educadores, la adolescencia es precisamente eso: una especie de “bendición maldita”, o de “maldición bendita”, que llega por más esfuerzos que hagamos por esquivar sus crudas manifestaciones.
El rey estaba tan deseoso de evitarle a su hija la desgracia que dio orden de que se quemaran todas las ruecas del reino.
Todos los esfuerzos de sobreprotección, de cuidado excesivo, incluso de control de la vida del otro, no podrán contra la tremenda fuerza del alma que anhela “explorar el castillo de la vida”, ensayar, buscar...... Esta experiencia se vive, internamente, en una profunda soledad. Los “recovecos” del castillo de la vida son fascinantes y amenazantes a la vez. Las y los adolescentes, más tarde o más temprano, querrán recorrerlos más y más allá. Y “jugar” a que son expertos en ciertas artes para las cuales aún no están del todo adiestrados.
El mismo día en que cumplía los quince años, el rey y la reina se hallaban fuera, y la princesa se vio sola en el castillo. Vagó por toda la mansión, mirando a su antojo las habitaciones y salas y por fin llegó a una vieja torre. Subió por una estrecha escalera de caracol y se vio ante una puertecita... En una pequeña habitación, una ancianita, sentada ante una rueca, hilaba el cáñamo.
-Buenos días, abuelita -la saludó la princesa-. ¿Qué haces? -Estoy hilando-le contestó la anciana, inclinando la cabeza.
-¿y qué es eso que da vueltas tan alegremente? –preguntó la princesa. Y tomó el huso para tratar de hilar también.
Los tiempos de exploración y ensayo son vividos, muchas veces, con una profunda sensación de parálisis, de muerte, de angustiosa detención de la vida.... por quienes “rodean” la experiencia de los adolescentes. Ellos mismos se sienten de a ratos paralizados y rígidos, y todo parece volverse inerte, frío, lejano y ausente.
Mas, apenas lo había tomado, cuando la maldición se cumplió y ella se pinchó el dedo con el huso. En cuanto sintió el pinchazo, cayó sobre un lecho que se hallaba cerca, y quedó sumida en un profundo sueño que se extendió a todo el castillo.
La vida misma parece tejer alrededor de los adolescentes un agresivo “cerco” de espinos que no se puede atravesar sin salir lastimado. Si lo sabemos mirar, aquel cerco agresivo y paralizante suele cumplir una función protectora.
El rey y la reina, que acababan de llegar y ponían el pie en el vestíbulo, se durmieron, junto con sus cortesanos. Los caballos se durmieron en las caballerizas, los perros en el patio, las palomas en el tejado, las moscas en la pared... Pero en torno al castillo, comenzó a crecer un seto de rosas silvestres. Todos los años crecía más, hasta que por fin rodeó todo el castillo, de modo que no se podían ver ni siquiera las pizarras del tejado.
¿Cuánto dura este sueño? “Cien años”, dice el cuento.... “Cien años” son suficientes para que esa aparente “nada” que pasa por dentro transforme a la niña exploradora en una mujer capaz de dar y recibir amor. “Cien años” en los cuales quienes quieren ingresar violentamente al castillo de la intimidad son heridos cruelmente....Y sólo los custodios fieles y respetuosos del misterio permanecen allí, cerca sin invadir, a distancia sin abandonar.
Por la región corría la leyenda de la Bella Durmiente del Bosque. Y, de cuando en cuando, los príncipes trataban de abrirse paso a través del seto para entrar en el castillo. No pudieron; porque las espinas, como si fueran manos, los sujetaban, y los príncipes morían con una muerte horrible.
Pasados los “cien años” de una maduración interior, misteriosa y real, “algo” comienza a transformarse de adentro hacia fuera. Y en una milagrosa combinación con el mundo exterior, el corazón empieza a despertarse.
Después de muchos, muchos años, llegó un príncipe a la región y oyó hablar a un anciano acerca de una hermosísima doncella, llamada la Bella Durmiente. Entonces, el joven príncipe dijo:
-No tengo miedo. Estoy decidido a ir y ver a la Bella Durmiente del Bosque.
El buen anciano hizo todo lo posible por disuadirlo, pero el príncipe no escuchó sus palabras.
No obstante, ahora habían pasado ya los cien años, y llegaba el día en que la Bella Durmiente iba a despertar. Cuando el príncipe se acercó, el espinoso seto florecía y estaba cubierto de hermosas rosas que, como de común acuerdo, se apartaron para que pasara y luego se cerraron de nuevo detrás de él.
El beso de amor del príncipe despierta a la joven, y todo el castillo vuelve a la vida y el movimiento. El príncipe representa, simbólicamente, el “yo verdadero”, la identidad más genuina. Los embates de los anteriores “pseudo- príncipes” representan los ensayos necesarios de cada adolescente para llegar a abrazarse a sí mismo. El beso que despierta a la princesa y las bodas que se celebran nos hablan del abrazo genuino de la Bella Durmiente con el amor y la vida, que sólo puede darse plenamente cuando “despierta” desde su ser reencontrado y abrazado. A partir de ese beso ella se vuelve capaz de dar y recibir amor. El “sueño de los cien años” quedó atrás, como espacio provisorio y necesario de la maduración interior.
... la Bella Durmiente abrió los ojos y lo miró con amor. Luego, los dos bajaron juntos, y el rey se despertó, con la reina y todos los cortesanos, y se miraron con ojos de asombro. Los caballos de las caballerizas se levantaron y se sacudieron, los sabuesos corrieron de un lado a otro meneando las colas, las palomas del tejado levantaron las cabezas, miraron a su alrededor y volaron al campo... Después, se celebró con esplendor la boda del príncipe y la Bella Durmiente, y vivieron felices hasta la muerte.
Cuando Jesús está a punto de devolver el aliento de la vida a la hija de Jairo, en el conocido pasaje de Mc. 5, 21, afirma sin vacilaciones que “la niña no está muerta, sino que duerme”.
Hay un hilo invisible entre adolescencia y “aparente dormición” que a veces nos desespera y nos llena de ansiedad. Sin embargo, la vida parece ser más sabia que nuestras urgencias. Y nos convoca una vez más al desafío de “estar ahí” sin invadir, respetar distancias sin abandonar, y, por sobre todas las cosas, creer profundamente en el misterio interior que se gesta en el corazón de cada ser humano, cuando aparentemente sólo “duerme el sueño de los cien años”.
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